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domingo, 28 de diciembre de 2008

DE CÓMO ME VI ENVUELTO EN LO QUE NO PUDIERA DESENVOLVERME, Y DE LOS FILOS DE LA VENTURA EN DESATAR LO QUE ANUDADO SE HALLABA

          Poco después de la providencial huida de los abisinios, recebí la gravosa noticia del forzado alojamiento de mi primo el Montefiore, enviado a mazmorras por exigir de un favorito las medias setenas de cierto libramiento documentado que para solventar licencias de imposible revelación habíanse acordado. Más que el pesar por las galeras de la usura y la perfidia, que afectaban sin quererlo la honra y virtud de toda la estirpe, interesaba mi espíritu la alegría de las dispensas que aquella inesperada prisión sinificaba para mi esmirriada hacienda

          Pasábanseme entonces los días con tanta soltura y gozo, que ni aun el pronto arribo de mi amo el notario de su embajada en Portugal, con la consiguiente alvertencia de absencia del su libro prohibido, vendría a alterar la liviandad de mi ánimo, y por seguro tenía que nada en el mundo vendría a anudar con entresijos y ocultaciones lo que tan natural y despreocupado habíaseme tornado el folgar y trascurrir. Esento así de escrúpulos y espectros de amonestación, y amancebado como estaba con las muy cercanas pertenencias de mi señor, que ya creía mías luego de las semanas de soledad y recogimiento en el despacho de quien, a falta de misivas y billetes, veíase lejano y para siempre oculto, violé sin más los siete cerrojos del gabinete en que se hallaba captivo el jerejillo de mi amo, y a punto estaba ya por rellenar uno de los cuencos que a la sazón había dispuesto sobre el tablero de firmas, cuando vime sorprendido por la llegada de don Antonio, quien, preso de los dolores que sus irrenunciables almorranas le ocasionaban, assí recebió mi impertinencia:

          -Venga, hijo, que ni que hubieras predicho mi llegada. Anda, lleva a venturoso puerto tu incursión y échame todo el jerez desa redoma en aqueste cuenco, que, maguer las prescriciones de los más encumbrados maestros desta villa no hay para mí mejor bálsamo para el infierno que en vida me ha deparado la providencia que el dorado resplandor deste exquisito brebaje, que tengo por milagroso y sagrado.

          -Así también lo tengo yo –dije, desimulando mi verdadera intención, y vertiendo el ajeno vino dentro de la carcaza –y voto a tal si no necesitara también algunas gotas desta santificada miel para celebrar la llegada de mi señor, por no decir algún cuenquillo, si es que no quedara tan poco en la redoma.

          -Eso no es problema –respondió de buen grado el notario –tanto, que en cierto pasadizo de las galerías que sostienen este bufete tengo yo repuesto suficiente para que holguemos ambos luego de mi esforzada travesía. Mas empero, porque no develes el secreto de su arcano reposo, haré yo mismo la embajada luego de trasegarme este bendito cuenco.

          Tomó el notario con más premura que cata el jerez y, regoldando de placer, encaminóse hacia las ocultas bodegas dando pasos como de simio o de ciertas aves nórdicas, a tanto llegaba el desarrollo de su almorranada dolencia. Quedéme otra vez solo en el recinto escritural, cuya majestad se imponía por sobre cualesquiera fiestas de libación, y habríame a los pocos minutos ya rendido al sueño de la espera, cuando una dulce moaxaca dejóse entrar del alféizar a los lienzos de las banderolas, captivando mi atención según era el interés la historia que allí se cantaba:



Menuda cinta aculada
lleva en la brida tu haca
la mesma q’aquella noche
robastes de la mi almohada
non fuyades.

Por estar mal maridada
e mi señor en campaña
vos entregué la redoma
de mi alcandara sagrada
non fuyades.

E luego de nueve lunas
en una torre encerrada
aquesta fija te diera
aquesta de trenzas gualdas
non fuyades.

Entreguéla a la Misión
para poder resguardalla
de los lazos del Amor
pero ahora está en tu haca
non fuyades.

Catorce veranos ha
ca vos fuistes de mi cama
e prometistes volver
con la mi cinta aculada
non fuyades.

Mentistes aquella vez
como no miento yo agora
piensas que encontraste a Amor
pero Amor cobró su ronda
non fuyades.

¿No veis en estos sus ojos
los ojos de quien te llora?
¿Y en el lazo de sus trenzas,
la cinta azul de mi alcoba?
non fuyades.

¿No veis su risa de miedo
igual que catorce años
cuando dexé que dentraras
sin señor y sin criados?
non fuyades.

¿Y las manos que te abracan
igual que yo te he abracado?
Amor habla por sus gestos
como esa noche en palacio
non fuyades.

E si aun no crees nada
mira en su pecho de nácar
tu nombre y el mío escritos
al dorso de la medalla
non fuyades.

Al convento de Alcalá
fuistes a buscar amada.
Por una mala priora
nuestra fija está en tu haca
non fuyades.

Non fuyades, como el necio
que fuye de la verdad.
Así murió mi marido,
también así morirás
non fuyades.

Y tú, niña, ya no llores,
que lágrimas sólo son
monedas con que se paga
lo que no paga el Amor
non fuyades.

Baja de esa haca, niña,
e ven que te haré bordar
un prendedor que te pongas
cuando quieras maridar
non fuyades.

Tú vete agora, e no tomes
la cinta azul de mi ajuar
que se la lleve tu haca
tú no tienes qué llevar
non fuyades.

E si otra noche de guardas
te entregas a la passion
acordando ca eres hombre
responde a tu condicion
e non fuyades.



          Eran tantos los sollozos y lamentos que de mi estrujado corazón se escapaban por el pesar y donaire de la cantiga, que resolví corresponder a la desgracia de la que, más dueña que doncella, así plañía; y de uno de los cajones tomé hasta seis o ocho doblas para arrojárselas a la desventurada, quien, lejos de agradecer mi liberalidad, de improviso tomóme de la saya pasando su fornido brazo por entre las hojas de la ventana y, con repentina voz de infiel, espetóme:

          -Anda, el practicante, que sé que tu amo guarda más que estas menudencias, y así como luego luego te las essijo, así tan pronto te haré deshonrado si al fin no las entregases según lo que te ordeno y mando.

          En tanto estas almoniciones gritaba la zafia, recorría su navajilla de capeo las zonas más preciadas de mi robusta anatomía, y de aquello colegí sin ninguna cortapisa que mis cojones serían el San Martín de su indebida demanda, de no acceder yo al ojeto de su pretensión. Asaz melancólico por el tenor de la hestoria canturreada, aunque malhumorado por su estraordinario colofón y consecuencia, resolví aína honrar el presuroso pedido, que más lo era por mi próxima sangría que por las urgencias de la desposeída dueña.

          Mas fue también providencia que, en tanto la malpagada desimulaba la espera de acuerdo con cierto moreno que, caballero de un rocín gitano, aguardaba el momento de la entrega para huir a tierras de gentiles, apareciese mi amo el notario, estenuado por las idas y venidas dentre las soterradas escaleras y por el dolor de las almorranas, que parescía haberse multiplicado junto con el su tamaño y cantidad, tanto era el ostáculo del colegiado para caminar, pues no bastaba la cautela de sus estremidades porque no viniesse el dolor donde no se lo esperase, ni la fuerza de sus uñas para rasguñar y despedazar las paredes del despacho, así de estraviada se hallaba su compostura y equelibrio.

          -No te preocupes, hijo –exclamó, preso de las punzadas y anunciado de las faciones de mi terror, que lo era por muy otros motivos- todo esfuerzo es poco para solventar esta alquimia, tanto, que el sambenito que me han deparado mis más resguardadas partes poco aun ha de servir para dar en pago por tan efímera y dulce fortuna.

          -Así también lo asumo yo por cierto, y de seguro tengo para mí que al buen pagador no le duelen prendas ni doblas de menos –repetí y sentencié mientras la dueña atravesaba corriendo la calle de la notaría, haciendo un gesto moro que entendí de resolución y venganza, antes de saltar sobre el descastado palafrén y desandar con holgura el mal camino que hasta aquí la había conducido-.

          -Vamos, que no entiendo lo que dices, pero me urge un baño de malvas y media redoma, que la otra media es tuya por los trabajos de la friega que en desesperación y martirio te encomiendo, además de las seis o ocho doblas que un cajón de mi escritorio hallarás para ti dispuestas.

          -Que me place, don Antonio –dije inclinando la cerviz y paladeando de antemano el ajerezado reconocimiento, que no las doblas, que ya las había perdido con la falsa malmaridada, aunque desto, por lo que se contó, nada podía decir a mi señor.

          -Así, hijo, así –congraciaba el notario mis repasadas humedecidas de bálsamo por donde la humanidad se le descalabraba, a tiempo que se echaba pequeños sorbos de jereje dentro de la cavernosa boca, entrecerrando los ojos, como había visto en mis años gallardos en ciertos folletines prohibidos que entre los mozuelos de peor vivir circulaban; mas era tal mi alivio y congratulación por la suerte de no haber sido capado, por el desestimiento de la dueña y la legal suerte de las doblas, que el decúbito de don Antonio y el converso gozo de donde dolor había poco me importaban; y habría acabado con toda perfección mi tarea si una copla de una mi abuela gaditana no se hubiesse enseñoreado repentinamente de mi cincuentada memoria, que con la emoción del recuerdo he oído decir que se tensan los músculos y tiemblan, y así temblé de tal manera que la venturosa friega se transformó para mi amo en tormento y el tormento en desmayo, el desmayo en recompensa y la recompensa en salvamento de mi condena y el trasegar de la redoma entera, que entre nieblas de Dionisio parecíame dictar la anunciada estancia como si mi abuela mesma, que no el licorado embotamiento, fuesse de cuerpo entero y presencia:


                                        Non vos apïadases de antemano
                                        ni gratis data del dolor ajeno
                                        pues mejor que pagar lo que non vemos
                                        pagarse es de contado y propia mano.



Que es la enseñanza desta ya contada historia.

Vale

jueves, 24 de julio de 2008

AVENTURA DE LOS NIGROMANTES, o DE CÓMO APRENDÍ A RECONOCER MÁS VALOR A LO ÍNTEGRO QUE A LO MEDRADO

Salvados mi honor y mi libertad por intercesión oportuna y velada de un mi primo carnal, licenciado en las Cortes de Madrid, a cuento de la fatigosa relación de mis tropezones en torno a la ajerezada aventura, retorné a poco que tomara de palabra un sayo y una pretina que me cubriesen al empleo en la notaría autorizada a prestigio y honra del colegiado don Antonio Mexía, a la sazón crédulo ignorante del verdadero destino de sus letrosas rentas. Los nubarrones de mi imaginada condena se fueron despejando no bien hube entrado en la estancia de los despachos, pues ya se hallaba mi señor calzando su herreruelo de salida, aunque acuciado por cierta dolencia de almorranas que desde novel graduado le seguía a sol y sombra; y de tal manera, con la voz quebrada e incorporado tanto cuanto sus venosas desventuras lo permitían, encargóme rápidamente el cuidado y vigilia de ciertas fe de tasas rubricadas, en tanto durara, según se entresacaba de su apelmazada perorata, su embajada en Portugal, que a urgencia venía de los apremios de cierto sobrino de un tío del que jamás había oído.

-Ande Ud., señoría, que a cerbero no me aventaja un eunuco, y así de intato como se vee y trasluce este real despacho, así lo habréis de encontrar –dije, ufano y suficiente, sea por el alivio de las galeras, o por hallarme único y solo en tan encumbrado aposento.

Partió como pudo el notario y, luego de que al concierto de los cascos siguiera el de los pregones, tendíme en el sitial a meditar sobre las circunstancias y mérito de mi deuda que, aunque contraída en las mieles del recogimiento familiar, no resultaba menos exigible, pues era mi primo versado en débitos y créditos más que un flamenco. Montefiore pasado a la Sicilia y a Granada, por encontrar en aquesta recuperada plaza mayores negocios, trocó su nombre por Monte de las Flores y así bautizóse para toda España Jesús Ezequiel Cristo del Monte de las Flores del Sol, y mandóse labrar con todo esmero y a cargo de futuras ganancias un escudo de heliotropos que daban cuenta de mal pensadas batallas, con cuya sangre novelesca queríanse colorear antiguas defensas de ciertas usurpadas ínsulas que en algún sitio del Mar Nuestro se levantaban veladas de misterio, pues no había matemático o aventurero en el mundo que diese testimonio de su emplazamiento, ni habría podido darlo aun bajo siete tormentos, que sólo en las interesadas razones del florido y soleado primo podía hallárselas. Usurero de nobles a setenas, mudó asimismo letras impagas por empleos, bajo pena de dar a luz los saldos, y así, comodatis comodandi, tomó venturoso puerto junto al mismísmo Rey, de quien se dice es también su deudor, aunque mucho de historia haya en ello, según él mismo quiere.

Embargado por mis amonedados pensamientos, fiador aun de mis ropas, a punto estaba ya de no saber cuál era mi pie derecho cuando resolví distraer mi desasosiego fisgoneando uno de aquellos tomos que en custodia habíame consignado el notario, ajeno al propósito de develar el secreto de las actuaciones, que poco me importaban, sino más bien por acallar la premura de mi espíritu, que con su pinaza de censuras y reproches hendía las tranquilas aguas de mi estancada templanza. Y de tal guisa guiado, dióseme por descubrir la más oculta y temeraria herejía de don Antonio, quien, a resguardado de su otra fe, escuendía detrás de las primeras que quitara del estante ciertos manuales estampados como en sangre, con tantas ilustraciones en los lomos y portada que no llegaran a medrarlas las imprecaciones de sus páginas, que eran también graves y muchas. Pero si las tinieblas del hallazgo ya escurecían la estampa de mi señor y amojamaban mi espíritu, más grande porte alcanzó mi desconsuelo y temor al descubrir entre aquellos íncubos el De Praestigiis Daemonum del fementido Weyer, que se decía había sido inspirado por el Malo y no sobrevivía sino un ejemplar en cierta abadía prohibida, y que causaba dolores y retorcimientos de cuerpo y espíritu, tal su angélico poder; y si denantes de hallalle colegía yo que alguna renuncia había causado las almorranas de mi amo, parecíame ahora tan seguro y primero que ni al garrote de la Hermandad habría dicho otra cosa que tal no fuesse.

En éstas y otras sorprendidas cavilaciones estaba cuando, teniendo a poco las negaciones de quien tal oscura y libresca empresa se propusiera, a nada la afición aneja y a mucho mi nueva estrechez, resolví disimular bajo el sayal al maldito y trocalle por numerario en cierto descastado sitio de negromantes; y así dispuesto lo arropé, seguro de que Don Antonio tampoco en esta oportunidad procuraría mi condena, porque no lo feriesen acusaciones de arriano u otras del mismo cariz y talante, que de seguro le sobrevendrían de cantar yo mi palinodia antes de la hoguera.

En fin, que simulando aquel mal servidor entre las gentes de la Calle de los Mercaderes, anduve todos los santos hasta una callejuela sin nombre, en cuya escuridad y efluvios me adentré, sintiéndome extrañamente protegido por el privado volumen, que en aquellos desposeídos andariveles no hay bien que en mal no tenga su principio y ejecución. Empero, a más espesa y turbia se tornaba la negrura y a más penetrantes y moribundos los olores, más también se me figuraba perder de un jalón la vida, y ya había soltado a echar lágrimas y repetir encomiendas a los Siete Varones, cuando de lejos comenzó a desandarse un lamento delicuescente como de doncella, que de esta suerte atenuaba las viscosidades de aquel malhadado suburbio:

Que non la vide, que non la vide

Doncella que soy, non plugue
conserve la mia virtude
e la vuessa a vos os guide
que non la vide.

Non vos pido más trabaxos
folgar ansi Dios me traxo
hasta’l dia que maride
que non la vide.

E no escuchades la afrenta
de cúyo non dio ossamenta
maguer solica que fuide
que non la vide.



Guiábame el canto más y mejor que un astrolabio fenicio; enamoréme de aquella voz acompasada tanto como de la niña, su dueña, que a vuelta de un amplio río descompuesto paresció de entre las tenebrosas nieblas. Secundábanla dos moros adláteres cubiertos de andrajos, que se empecinaban malamente en el soplido de otras tantas churumbelas y chirimías, así como otro mucho más alto y fornido, que por su negrura y porte prometía más abisinio que infiel, aunque al asombroso cetrino de su pelaje adunara la ejecución sin talentos de un desvencijado rabel de dos cuerdas.

-Falid asquesunta el-ajmudén –dijo a la sazón el de la churumbela al enorme, y si por entonces aquella paganía me era desconocida, pronto se me asimiló en el entendimiento como si tal fuesse mi corriente y diario discurrir, de seguro influido por las espesuras del prohibido libro que bajo el sayal portaba. Es que, según se dice y tengo por cierto, una de las virtudes de su inspirador es la de conocer y ejercitar todos los idiomas del mundo, y de seguro me ordenaba en aquel momento oílles a aquellos expulsados de modo que entendieran.

De tal manera que, por obra de las dichas infernales estensiones, al momento comprendí que el propósito del churumbelo no era otro que el de instruir al desmesurado de quitarme lo que no quisiera dalle, que a la sazón era todo lo que no era mío; es decir, lo que sobre mi desnudo cuerpo llevaba. Vime rodeado en la negrura por los dos moros y el abisinio que era como aquéllos, pero dispuestos el uno sobre el otro; y en las muchas aberturas de sus temidas sonrisas vide asi mesmo que el trío no alcanzaba la cantidad de dientes y muelas de un solo cristiano, tan huérfanas e hinchadas parecían sus encías. Mas, sobreponiéndome al horror de aquellas deslucidas bocas, y habiendo comprendido el fin y desvirtud de su plan, les reconvine con toda templanza sobrecogida de pavor gritándoles Esperut, monet alcancelij bacú, que en aquel dialecto significaba “¡Tate!, que no llevo dineros”.

-¿Bacú? ¡Absalaian pelots denoj-el-sacaieb!- bramó el de la chirimía, y conocí de inmediato que tanto valdrían para aquellos alegres penantes mis ochavos como mis cojones, que para alguna privada libación procurarían tomalles.

-¡Sacaieb! –ordenó la doncella, a tiempo que el abisinio afilaba sobre su lengua una navajilla de capar, de donde obtuve sin menester de mayores traducciones su resuelta intención.

Tomóme, pues, de inmediato el negro de entrambas manos por la espalda con una de las suyas, y mientras los moros lo hacían por las piernas tornando infértiles peces desaguados de mis muy yermos pataleos y rogativas, disponíase ya el salvaje a quitarme lo que más mío e irrenunciablemente era, y habríalo conseguido al momento de un sevillanazo si en ese instante el desprestigiado tomo que llevaba no cayera de mis entrepiernas –que hasta allí se había corrido- al lodo de la negrura, despertando de inmediato la afición de los músicos y de la irrigada doncella, quienes como por hechizo abandonaron sus acojonadas pretensiones para arrancar de manotazos y montones las hojas del impuro y devorarlas con más avidez que Saturno a su descendencia, olvidándose de mí, que sin más torné a palparme las asentaderas y sus pormenores por encontrar algo que faltase, tan convencido me hallaba de haber sido malferido y desprovisto; y esto pues si de buenas a primeras aquel cuyo nombre es Legión me había inducido la jerga mora y abisinia, lo mismo podía habérseme trastocado el dolor del capamiento, y andar buey por aquellos estramuros, creyendo intato lo mancillado y completo lo que había dejado de sello.

Comprobada mi entereza y asegurada mi virtud y honra, en tanto aquellos desgraciados se regodeaban en su nueva fruición, levantéme un tercio la sotana y lancéme por el erial que servía de paso y calle corriendo cuanto mis presurosas piernas me daban, que no era mucho, rogando parescieran los sanjoaquines, sanbenitos, sanpedros y santamadres en que moraban las gentes decentes, y con aquella atormentada irreverencia habríame repasado otra vez todo el Santoral, de no hallar por misterio de quien todas las sendas tiende –que no por consecuencia de mi desordenada travesía- las esquinas amigas de la notaría, bajo cuyos siete cerrojos recobré la prudencia, presa hasta entonces de la premura, y la calma, enturbiada del modo que se contó.

Una vez recuperado el aliento, alvertí que el episodio había prodigado en mi saya, no sé cuándo, un caudaloso lecho de aquellas segundas aguas en que merman todas las humanas fortalezas, viéndome de tal manera forzado a removello echando mano de un bálsamo de malvas que por descuido o Providencia mi amo había olvidado sobre una pila, junto con el bacín que lo contenía.

Y fue final desta curiosa historia que, a tiempo que mi saya volvía las colores mudadas luego del indulto y soltura de lo que aún captivo debía mantenerse, vime en el espejo tan íntegro y orondo como había partido, y, olvidándoseme mi peripecia de negromantes, apariciones, churumbelas, eunucos y escuridades, dióseme por recordar ciertas coplillas de monsergas que cantaba cuando podía una mi abuela de Cádiz ya muerta, y que no por ello resultaban menos al caso:


Non vos desesperéis por la pobreza
ni despreciéis lo que por entereza
venís dado

que veces hay en que mayor tesoro
procúrase quien lleva su decoro
resguardado,


y que en ellas quede quebrado el pie desta fenecida desventura. Pues venga entonces, que si a mí la quita, a Montefiore la espera; y que de réplicas y dúplicas mejor se ocupe Dios, que todo lo dirime, conoce y absuelve, sea de entre estas mortales caídas, sea allende las tinieblas; que en muchos más desaguisados se agravió el pródigo y mesma fue la suerte del cordero, mal que pesase a los justos, y aquí me callo.

Vale.

jueves, 8 de mayo de 2008

LA BURLA DE LA HISTORIA



-El hombre es el sujeto, y la historia es la sustancia –dijo Hegel.

-¿Qué? –dijo su mujer.

-Que existe la posibilidad de un sujeto, que se va construyendo a medida que él también existe.

-Ayudame con esto–. La mujer de Hegel se había trepado a una silla y sacaba uno a uno los frascos de conservas para quitarles el polvo. –No sé para qué me pasé cocinando todo el verano, si ya se está por podrir porque nadie lo come.

-¿A vos no te parece? –participó Hegel.

-Que me parece qué.

-Que la razón histórica es también la razón humana, y en inmanencia conforman al hombre en tanto sujeto posible.

-No sé, Gregorio.

-Parece contradictorio, porque la razón histórica excede al hombre, pero es también el hombre. Lo que se olvidan es que las lógicas no formales desestiman que un juicio puede ser verdadero y falso a la vez.

-A ver, teneme que son las grosellas que trajo tu tía de Karlsruhe.

Gregorio Guillermo Federico, sin embargo, sostuvo y no sostuvo el globo de vidrio de cinco kilos de dulce del Rhin, que a la vez despedía aromas de niñez y de edad adulta, de Alemania y de Francia, de hombre y de mono.

-¡Hegel! –gritó la mujer- ¡No te traje para que seas un obstáculo, te traje para que me ayudes!

-¡Pero, cariño, si todo problema es potencia del bienestar!

-Traé una escoba, querés.

-¿Ves? Si no se hubiesen derramado las grosellas, yo no estaría barriendo. La solución de las contradicciones es el motor de la historia. Cuando termine, todo te va a parecer un fin en sí mismo, habrá que buscar alguna otra cosita para progresar.

-No, Gregorio, no: si volvés a ensuciar...

-Tranquila, mujer –aplacó Hegel, pensando que algo lo movía, algo con valor teológico, algo que buscaba su camino para realizarse, fuera de lo cual latía la nada misma. –Pero no sé cómo ayudarte...

-Dejá, vos nada más sosteneme la silla, yo bajo los frascos, los repaso y después los acomodo.

-Estaba pensando que este solucionar tiene necesariamente que partir de una contradicción. Sin contradicción no hay solución, y sin solución no hay devenir. El fluir es necesariamente traumático –sostuvo entonces Gregorio, apartando la silla no bien su mujer hubo hecho el gesto de apoyar el primero de sus zapatos de madera de Welsickendorf. La señora rodó por la cocina berlinesa. -¿Has visto? Ahora con toda seguridad tendrás que ponerte de pie.

-Se terminó, Hegel. Comerás de los frascos sucios, yo no pienso pasar un solo trapo más. Y estas grosellas mal barridas quedarán en el piso, estoy cansada de trabajar con el lampazo.

-Tenés razón y no tenés razón. Eso es lo que me gusta de vos, cómo te movés.

-Hablando de eso, Gregorio –dijo la mujer sacudiéndose con una servilleta el dulce pegado en la falda aldeana –me vuelvo a Friedrischluga. Para mí fue muy difícil; yo... yo te quise y te amé no sabés cómo, en un momento dado daba lo que me pidas por vos. Pero veo que no me respetaste ni a mí, ni a mis cosas, ni a mis tiempos...

-Te equivocás, el tiempo es una de las cosas a la que más respeto ¡si ni siquiera me animo a su intelección directa plena!; más allá de que la sola idea ya me parece sospecha de existencia... no sé, tiene que ver conmigo, no con vos. Además, justo hoy que vienen Schiller y Hölderlin...

-Ahí está, lo único que te importa. Tus amigos. Yo si me caigo de una silla qué.

-Qué de qué.

-Basta, Hegel, me voy... ahí en la despensita les dejo unos bollos. No se rían muy fuerte, que los perros no van a dejar dormir a nadie y quiero irme con dignidad.

En eso, sonó la campanilla. En tanto Hölderlin llevaba de una mano a otra las cartas de un mazo bárbaro, Schiller preguntaba qué había pasado, que su mujer rodaba por la Hitlerstrasse pegoteada y llorando.

-Nada, muchachos –respondió Hegel con una sonrisa sádica y totalitaria –tiene que ver con lo que les hablaba en el poker de la semana pasada.

-¿La astucia de la razón para cumplir su plan?

-Nuestro plan –aseguró el hombre –sacá los frankfurter y llamemos a las chicas.

sábado, 22 de marzo de 2008

DE CÓMO ABANDONÉ EL JEREZ Y LAS MUJERES, CON OTROS SUCESOS DE POCO FELICE RECORDACIÓN


Estándome despacio en Madrid, cumplido ya el recado de letras por cuenta y orden del colegiado y notario don Antonio Mexía, fiador del párroco de Orihuela y contertulio de número en el Mesón de la Especiería, vime sin asirlo envuelto en una barahúnda de tres al cuarto que explica -a quien quiera oírlas- mi entereza y sobriedad.

Tentado de apreciar el jerejillo del Mesón bajo siete cadenas celado por don Antonio en algún rincón de su bufete de provincias, y dispuesto a no perderme las maravillas de la Ciudad Real, me apoltroné, rematadas ya mis fuerzas por las penosas andanzas del día entre callejas, escaleras y escritorios, en uno de los escaños que, frente a una larga tabla asentada en la acera de la posada, por Providencia se hallaba sin más ocupante que una tripolina de campanario, dispuesto a pasar allí las horas hasta que el coche me regresara a dar fe de mi diligencia.

La del Ángelus sería cuando, escanciados y trasegados más de ocho reales, y a punto de obnubilárseme el juicio, decidí marchar andando hasta el puesto, a fin de que las brisas me dispensaran y eximieran a tan severa hora de las felices turbaciones de mi espíritu, según era de bueno el jerez. Al punto despedíme de la criada, quien se echó mis cinco ochavos de calderilla en el delantal junto con los restos de un condumio que a la sazón habían dejado allí un principal y su aprendiz, a tiempo que, sin dejar de sostener el cigarro con los labios ni de repasar la mesa, me aconsejaba sin mirarme:

-Ande Usted con prudencia, el notario, que así luce de vaporoso como de mohíno.


En esto, pareció de entre las encinas de la plaza una mozuela de hasta diez y seis años, cuya blancura y lozanía ninguna palabra acertaría a describir, y lo mismo su hermosura, que jamás había yo visto tal dechado y ejemplar de belleza que pudiera igualar mujer en el mundo. Sin embargo, el hilo de su gallardía me impidió conocer el ovillo de su congoja y, postrado ante la altivez de su talle, me regocijé contemplando las maneras en que la doncella, como una pinaza huérfana, andaba entre las gentes del mesón, echándose los cogollos que encontraba y bebiendo de los vasos de los clientes, que la dejaban hacer con gravedad. Al momento, los vahos de mi ajerezada condolencia cedieron a la más incurable del corazón, y quedé cautivo de ella en tal grado que sólo vino a libertarme el grito que desde un cavernoso rincón de la casa echó don Pero Rebolleces, el de la tienda de paños, enseñando con medrada soberbia un ducado de a once:


-¡Eh, tú, la casadera, cántanos tu historia!


No he de pecar reconociendo que pavoné mi soltería con los azogues de mi cincuentena, y arrancando la medalla que una mi abuela de Cádiz me entregara el día de mi graduación en Sigüenza, grité sobre las mesas de la taberna:


-Venga, cántala para mí.


La niña echó una sonrisa, maguer la pena que ahora descubría en su rostro, dando a luz unos dientes más blancos que la blancura misma, y unos ojillos de tan impar gracia, que ni los ángeles de retablo vendrían a mellar si de él se desprendieran. En gran conmoción sentíme al ver así aceptada mi oferta, e igualmente derrotado tan reconocido caballero, y a la plaza de las encinas me dirigí orondo, engastada ya mi presea en las mieles de su cuello, es decir, en las marismas de su encanto.

Sin palabras, como convenía a su recato, ubicóse junto a unas zarzas que allí crecían, extrajo unas sonajas de peltre y con timidez virginal comenzó a plañir de esta suerte:


garridica soy, muriéndome estoy

Que me maridara
mi madre mandaba
y yo que no la escuchaba
garridica soy.

Por el olivares
fidalgo miróme
y yo prendíme en amores
muriéndome estoy.

Mi madre murióse
en la primavera
que mal maridada me viera.

garridica soy, muriéndome estoy.



Ahora bien, tantos y tan desarmados eran los sones de su plañidera y tal la descompostura y agravio de sus movimientos, que a poco que iniciara su cantiga ya izaban mis oídos blancos estandartes de sometimiento, como así también las ensoñadas niñas de mis ojos por las que se escurrieron el encanto y adoración que minutos antes profesaba a la doncella, y tuve por cierto que ningún otro humano desparpajo me causara aquella indisposición.

En esta consideración estaba cuando, estimando de más la cuantiosa paga recibida por la juglara, me resolví a negociar su devolución, mas adelantóseme la niña en mi intención y gana, y entregándome la reliquia dijo, con ojos empapados:


-No es mi desgracia más desdichada que mi canto y duélome por ello; mas, gentil notario, peor me duele el no poder besaros, que es lo que deseo desde que os vi.


-Niña de tu alma –dije, rendida ya la mía-, que no soy notario, pero a fe tengo que me place serviros.

Mas fue también providencia que, apenas hube recibido el primero roce de su diadema, y antes de explorar la ansiada frescura de su boca, quedara yo tendido entre las zarzas por obra de una brutal andanada de azotes en la espalda y coronilla, provenientes de hasta ocho o diez carreros que allí se solazaban. Y dábame ya por muerto cuando uno de los holgazanes, en tanto no cejaba en su apaleo, azuzó a la gavilla así gritando:

-¡Hala, venga palo, que como no encontréis los dineros de las letras, desnudo y colgado como un Cristo lo habremos de dejar!

-Mejor cortémosle las pelotas –sugirió el más pequeño de los del tumulto, a tiempo que extraía un reluciente acero toledano de su jubón.

-Ea, Ginesillo, tienes razón. –y, dirigiéndose a los otros- ¡Venga, capad este puerco, que bien paga una jarcha mal armada y a poco tiene su vida!

-Venga, muchachos, que no es para tanto –grité, viéndome eunuco y crucificado-. Aquí tenéis la presea y el dinero de las letras, haced con ellos lo que más os convenga; y tú, el niño, guarda ya tu arma y navaja, que no se toman criadillas de estas lides, anda.

Brumado mi despojado cuerpo, quedéme largas horas entre las zarzas, no siéndome posible levantarme, según me encontraba desollado, y antes de llegar la noche me invadió el sueño, que a la embriaguez de la jerejía siguió la rendición de los azotes. Entumecido y brotado de cardenales, al desvelarme me arrastré hasta la calle, por temor de que me vieran los carreros, y aína regresé al mesón a pedir de vuelta la calderilla a la criada, para dar de señal al cochero hasta que tomara más dineros de la notaría. Y aunque de mal grado me la volvió, de bueno convidóme otro jereje a fin de que se hiciera lo que por signo adverso se había deshecho.

Camino del puesto de coches, hallé molida mi carne, agotada mi hacienda y aneja mi libertad a la caridad de don Antonio, de cuyo asistente anterior poco más se supo luego de las galeras que le echaron por ciertos sellos de los que no quería acordarse. En tanto unos y otros cocheros se negaban a ser pagados al llegar, acicateaba mi entendimiento la didascalia con la que me despidió la criada del mesón, conclusión, remate y enseñanza de esta ya transcurrida historia:

En superior desventura se lía
quien del jerez y las niñas se fía.


Vale.