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jueves, 9 de julio de 2009

PLUSMAR QUE SAVOIR FAIRE

          En el estribo del Plusmar, un chofer controlaba la legalidad de los boletos que blandían los pasajeros. Este control consistía en decir a un ayudante -que portaba una planilla- los últimos tres números del ticket y la butaca que a él correspondía.
          Sin embargo, una sombra de irregularidad alteró la fiscalización, que hasta el momento se desarrollaba con chanzas a quienes ingresaban al ómnibus y menciones que sólo a los empleados de la empresa resultaban graciosas:

          -Señora, este boleto no es para este viaje. Fíjese que dice "19:47", y estamos saliendo a las 12 y 10.

          -Pero a mí me lo vendieron para ahora -dice la mujer, temerosa de perder el viaje por alguna negligencia suya, suya, suya.

          -Pregunte en ventanilla, señora.

          -Pero no tengo tiempo... son las 12 y 8... no llego.

          -A ver, señora, fíjese, acá dice "19:47", no es para esta hora. ¿Usted no viajaba a la tarde?

          -¿Me permite? -interrumpo, con alguna suficiencia.

          -Haga la cola, señor, por favor -ordena el chofer fiscalizador.

          -Es que se está fijando Ud. en la hora en que fue impreso el boleto. Si atiende al recuadro siguiente, verá que dice "12:10", que es la hora en que este ómnibus sale. Lo que Ud. está leyendo es la hora en que el boleto fue comprado, no la hora en que parte el coche.

          -Ah -reconoce el ineficiente. -Disculpe, señora, tiene razón. Butaca 15.

martes, 28 de abril de 2009

SAGA DE INCOMPETENCIAS

Episodio I: La guardia ve los colores

          En el Banco Ciudad de la Avenida Córdoba, un guardián advierte que llevo barba, cabello descuidado y un bolso, y pregunta de mala manera adónde voy.

          -Quiero convertir mi antigua cuenta de sueldos en una caja de ahorro.

          -¿Eh?

          -Que quiero hacer el trámite para que lo que antes era mi cuenta de sueldos sea ahora una caja de ahorro, porque renuncié a mi trabajo.

          -¿Vos la tarjeta magnética la tenés?

          -Sí.

          -Ah, entonces no hay problema. Andá a las cajas, pero antes sacá un número azul -dice, señalando uno de esos aparatos que contienen números de turno, que es de color azul.

          Tomo un número "azul": el 21. En un enorme panel electrónico, que cada morosos cinco minutos pita una alarma de llamado, se muestra el 53, al que corresponde la Caja 1. Es decir, tengo por delante cuarenta y siete personas hasta el 00, y veinte más: setenta y siete personas. Abro mi libro y espero una hora y cuarenta y ocho minutos. Dentro del banco hace un poco menos de calor que en la vereda; Buenos Aires se tropicaliza frente al fervor de la clase media porteña, que adora vacacionar en Brasil.En tanto pasan los tediosos minutos, temo encontrar a alguno de mis antiguos compañeros de trabajo, a los que abandoné en el goce del sueldo y en el martirio de las órdenes tiránicas de los jefes mórbidos; en el jubileo de las vacaciones pagas y en la anulación voluntaria de todas sus virtudes, a excepción de la obediencia.

          -21.

          Una cajera desprovista de todo sentimiento aguarda algún movimiento que le indique por dónde emergerá su molestia. Mientras le explico frunce la nariz y junta las cejas. Me mira como si fuera culpable.

          -Vengo a convertir mi antigua cuenta de sueldos en una caja de ahorro. Hace poco recibí una carta documento en la casa en que vivía, y por deferencia de su actual propietaria me enteré de que...

          -No -interrumpe la mujer. -Acá no es... yo lo que puedo hacer es extraer dinero o depositar dinero en su caja.

          -Pero el señor me indicó que sacara un número azul y que esperara turno en este sector.

          -No, no es acá. Es en el otro mostrador.

          -¿Los turnos del otro mostrador se cuentan con los números "amarillos"?

          -Sí, los amarillos -dijo, y en el panel electrónico chilló la alarma y se iluminó como en un apocalipsis evidentísimo el número 22.

          Tomé un número "amarillo"; esta vez el 99.

          Los turnos "amarillos" eran atendidos por una señorita desde un mostrador y por dos caballeros que invitaban a tomar asiento al cliente frente a su escritorio.

          -¿Por qué número van? -pregunto a uno de los mancebos que se dirigía a algún lugar con una carpeta flexible en la mano.

          -¿Número de qué? -retruca el requerido.

          -Número, el turno por el que van.

          -No sé; fijate en el panel electrónico -sugiere, señalando hacia arriba.

          -Pero el panel no marca los turnos "amarillos".

          -Ya te van a llamar -augura, y marcha hacia detrás de varios archiveros. En tanto, aparece una voz dulcísima:

          -¡Noventa y ocho! -que atiende al sujeto noventa y ocho durante poco menos de noventa y ocho minutos.

          -¡Noventa y nueve! -vocifera con ternura, una vez que el consultante hubo partido, y allí voy, dos horas y cuarto atrasado en mi trámite.

          Pero no tengo trabajo y tengo tiempo.


Episodio II: Trabajo Práctico número 1.000

          La organización conocida como Madres de Plaza de Mayo ha montado en Buenos Aires un centro de estudios al que ha llamado "Universidad Popular", a fin de proponer la construcción de lo que desde la institución se rotula "discurso contrahegemónico". Propicia la dotación de estatus científico a las ideas de oposición. Una de sus absurdas carreras -que otorga una licenciatura- se denomina "Capitalismo y Derechos Humanos", aprobada la cual se obtiene el título de "Licenciado en Capitalismo y Derechos Humanos". Es decir, por ejemplo, "Licenciado en Capitalismo", un disparate.

          Conozco una persona que estudia en aquellos claustros. Encallada en la resolución de una monografía, me invita a que desate el nudo gordiano de la consigna bajo la forma de tres o cuatro párrafos.

          En la Universidad de Madres de Plaza de Mayo no son proclives a la utilización cabal de los signos de puntuación, quizás por razón de que España fomentó el genocidio aborigen en Sudamérica. También son indulgentes con la ortografía de los educandos y con la de quienes elaboran los textos de estudio.

          Luego de tres horas, desentraño en menos de diez párrafos la perversión de un modelo económico que, llevado por lógicos carriles de naturaleza espuria verificada en el origen mismo de su aparición, ha consagrado deductivamente la irrupción del nazismo, al que comparan científicamente con la represión parapolicial argentina de los años '70.

          -Pusiste muchas palabras jurídicas -me reprocha la peticionaria. En seguida me viene a la memoria el hecho de que la carrera se llama, además de capitalismo, derechos humanos

          -Es que soy abogado.

          -Sí, pero no... -lamenta combativamente la muchacha.

          Entonces pienso que quizás cuestione el lenguaje jurídico como una producción intrínsecamente burguesa. Rápidamente se despejan estas elucubraciones:

          -Lo que tiene es que está demasiado perfecto. ¿No lo podrías hacer más "cable a tierra", más "que lo entienda cualquiera"?

          -Pasalo vos a palabras fáciles. Te estás por recibir de licenciada.

          -Sí, no, pero... no sé si podría... Perdón, si no lo querés hacer, no lo hagas.


Episodio III: El chocolatero del Leteo

          Frustrada mi incursión en la nueva ciencia social, el esplendor de un kiosco me sugiere ahogar el resquemor de la "demasiada perfección" en otra más glucosa. El kiosquero, de espaldas a la enrejada puerta de ingreso al local, atiende las opiniones de un comentarista deportivo, cuya cara viruelosa se ha enfocado en primerísimo primer plano.

          -Qué tal -digo tímidamente, pero no escucha. Al cabo de unos segundos me advierte, como se sospecha una mosca.

          -Hola.

          -Quisiera maní con chocolate, por favor.

          -Sabés que no sé si hay... -contesta, pensativo. Con un poco de vergüenza interrumpo sus meditaciones.

          -Bueno, podría llevar unos de esos... los Rocklets.

          -¿Éstos? -dice el kiosquero, señalando otra cosa.

          -No, no, los de la derecha.

          -Ah -deduce, yendo hacia la izquierda.

          -O si no, a ver... ¿ésos son de chocolate? -pregunto, señalando unas simpáticas bolsitas transparentes que guardan grajeas multicolores.

          -Lo que tengo para darte si querés es chocolate con maní -dice, blandiendo un paquete amarillo.

          -No, no, te pregunto por esas grajeas.

          -¿Cuáles?

          -Las que están ahí a tu izquierda.

          -Izquierda... -piensa, mientras va hacia la derecha.

          -No, mirá, al lado de los Rocklets.

          -A ver... -entonces levanta uno de los paquetes a la luz. -Creo que sí, deben ser de chocolate.

          -Entonces lo llevo... ¿cuánto es?

          -Esperá que me fijo -dice amablemente. Revuelve el paquete, que no lleva ninguna señal de precio. Busca entre los dos o tres que lo acompañaban, pero tampoco.

          -No, importa, está bien...

          -Y serán dos pesos... Dos pesos.

          Le entrego el billete, dice "gracias" y vuelve a darme la espalda, esta vez para recibir con desazón la sugerencia de comprar un masajeador para fortalecer los abdominales.

          Muerdo los confites. No son de chocolate, son de caramelo.

miércoles, 15 de abril de 2009

CLARÍN Y OTRO CASO DE FALTA DE CONCORDANCIA DE NÚMERO ENTRE SUJETO Y PREDICADO

          En su edición digital de hoy, el desastroso y masivo Clarín postula que "Un sector de estatales bonaerenses paran por 24 horas". VER AQUÍ.

          Éste es el periódico más difundido entre la clase media, que, quizás por eso, está como está.

sábado, 4 de abril de 2009

UNA MAÑANA EN EL ESTUDIO JURÍDICO

          Un juez laboral, que por su natural profesión debe decir el derecho aplicable, acaba de intimar a nuestro representado por el plazo de tres días para que "indique el convenio colectivo de trabajo aplicable al actor en el momento del despido". Ello, bajo apercibimiento de tener por no presentada la demanda.

          Cabe recordar que, por un principio al que se dio en llamar iura novit curia, los magistrados están facultados a fallar incluso prescindiendo del derecho invocado por las partes.

domingo, 29 de marzo de 2009

EL TAXISTA NO QUISO SABER



          -Perdón, señor, tendría que haber doblado en la avenida -que es una de las principales de la ciudad, y ahí le habíamos indicado que debía dejarnos.

          -Uy sí, tenés razón. Perdoname, me pasé.

          -No importa, nos bajamos acá.

          -¿Seguro?

          -Sí, sí, seguro.

          -Bueno, gracias. Veintitrés cincuenta, ¿tené moneda?

martes, 10 de marzo de 2009

APARICIÓN DEL CHISQUÉIK


-Sí, quisiéramos dos porciones de cheese cake, por favor.

-¿Eh?

-Dos porciones de cheese cake y dos cafés, por favor.

-Perdoname, no te entiendo.

(Señalando la vitrina en la que se exhiben las tortas) -Dos porciones de esa torta que está ahí.

-¿Cuál, decís?

-La blanca que tiene gelatina de frutilla arriba.

(El mozo, señalando una torta distinta de la que le indicábamos) -¿Ésta?

-No, mire, es la que está a la derecha.

-...

-La blanca gorda que tiene una cosa roja arriba, fijate, la que está al lado de la marrón.

-La Selva Negra.

-Claro, yo te decía dos porciones de ésa que está al lado de la Selva Negra.

-Ah... es lái ésa.

-Mejor... dos porciones de esa torta, entonces.

-¿Y los cafés también?

-Sí, sí, dos porciones de cheese cake y dos cafés.

(El mozo se retira en silencio. En sus facciones amanece la contradicción, la desidia, la intolerancia, el fastidio y otras emergencias sintomáticas de sensaciones ásperas que nunca llegaremos a conocer, pero que sospechamos serán el cimiento de una desazón muy profunda).

miércoles, 4 de marzo de 2009

UNA TARDE EN EL SUPERMERCADO

          (Al repositor de mercaderías) -Perdón, ¿sabrías decirme en qué góndola están las mayonesas?

          -No. Preguntá en la caja.

          -Gracias.

domingo, 1 de marzo de 2009

UNA TARDE EN LA PERFUMERÍA


          Buscábamos un perfume para agasajar a una amiga. Juntamos dinero entre quince personas, pues realmente la apreciábamos. Fuimos con la colecta a una perfumería muy paqueta enclavada en un mega-shopping de la ciudad, cuyos artículos sólo son comprados por exigentes de gran poder adquisitivo. Se dio el siguiente diálogo:

          -Qué tal. Queríamos saber si tienen el “Cool”.

          -Sí, claro, el “Uil” –dijo la empleada de la perfumería, un local comercial que bien podría utilizarse como habitación de hotel de categoría cuatro estrellas superior, como le gusta a la clase media bien asalariada. Creímos entonces que el perfume se llamaría en verdad “Uil”, pues la empleada nos afirmó familiar y enfáticamente el nombre, con esa suficiencia que otorga el uso de las jergas específicas de cualquier actividad. La clase media se siente a gusto adaptándose a jergas como la tribunalicia, la mercantil, la administrativa y otras.

          -A ver... –entonces nos mostró otro perfume distinto del que le habíamos pedido. –Mirá, querríamos ver el “Cool”.

          -No, tenemos solamente el “Uil” –y nos enseñó la caja. Claramente, en letras celestes sobre un fondo rojizo se leía:

RALPH
W I L D

lunes, 2 de febrero de 2009

NUEVA ETIQUETA: EL ESPECIALISTA NO SABE, O NO QUIERE SABER


         Una importante prueba de la muerte del prójimo está dada por el hecho de que el especialista en cualquier materia, llevado por su desidia, escoge ignorar elementales contenidos de su métier -circunstancia que, por cierto, no le genera ningún cuestionamiento acerca de la desvirtud de tal estado del espíritu frente a la verdad-. Así, no es improbable que el "repositor" de un supermercado no sepa en qué batea se ofrecen las mayonesas, y aun a qué hora finaliza su turno de trabajo -pues aguarda que alguien avise que "tenemos que irnos"-; que el taxista desconozca la calle que le indicamos o que el agente de policía desconozca la ley que está llamado a defender. Callaré algunas cuestiones que involucran a personajes de cierta importancia porque están todavía vivos, pero cuando se mueran -como fervorosamente espero- las daré a luz, con la intención cobarde de que se haga abstracta justicia y quede mellado el honor de aquellos onerosos privilegiados.

         De momento, me propongo registrar pequeños-grandes ejemplos cuya singularidad resulta aparentemente inofensiva, pero cuya acumulación claramente contribuye a la desertificación de todas las esperanzas.

         Acaba de suceder en este bar lo siguiente: el encargado -quizás el dueño- del local se ha acercado a mi mesa. Pregunta: Disculpame, ¿tenés Internet? Contesto que sí. Ah, porque hay unas chicas en la otra mesa que no tienen. ¿No sabés qué puede estar pasando? Contesto que no. Le sugiero que intenten conectarse manualmente, sin esperar la señal que emite el equipo que él mismo instaló. No contesta y se marcha murmurando consternadamente.



En la imagen: Joseph Ratzinger, el Papa Benedicto XVI, cuya niñez y primera adolescencia transcurrieron en adhesión a los principios de la ideología nazi. Recientemente levantó la excomunión recaída sobre ciertos sacerdotes que habían negado el Holocausto.