martes, 13 de mayo de 2008

FLOR DE FANGO




Empieza con Re menor, eso es lo que tiene este tema; y además el Si menor del tercer verso, medio forzado (“de tu amor no exijo nada...”) pero de tanto valor místico. Y esas “bajaditas” inventadas por Johann Sebastian...

"Yo no daría ni un higo por la simplicidad en este lado de la complejidad, pero daría mi brazo derecho por la simplicidad que existe más alllá de la complejidad”, dijo el juez Holmes. Así también Borges juzgó “hechos a la perfección” estos versos de Fernán Silva Valdés:

Qué lindo,
vengan a ver qué lindo:
en medio de la calle ha caído una estrella,
y un hombre enmascarado
por ver qué tiene adentro se está quemando en ella...

Vengan a ver qué lindo:
en medio de la calle ha caído una estrella,
y la gente, asombrada, le ha formado una rueda
para verla morir sus deslumbrantes
boqueadas celestes.

Estoy frente a un prodigio
-a ver quién me lo niega-
en medio de la calle
ha caído una estrella.

Vindicación poética de la soldadura eléctrica, espera dolorosa y deseada de la aparición del amor en la vereda de enfrente; flores perdurables que en el fango cantan belleza y gritan la deshonra del limo que las nutre.

¿Quién es el autor de “Una calle nos separa”? La asombrosa respuesta, acá.

viernes, 9 de mayo de 2008

EN MEMORIA DE LA VERGÜENZA DEL 8/5/2008, ESTADIO RIVER PLATE


Exiguas almas, faltas de coraje,
presas del tedio y de los millones
devastadoras de los corazones
indignas de pasión y de homenaje:

¡si despertara de la fría tierra
el artillero máximo, Labruna,
para gritarles desde la tribuna
que el fútbol es lo mismo que la guerra...!

¡Que la virilidad campea en ambos,
que ambos ponen a prueba a los varones,
que aquel a quien le bajan los calzones
debe dejar la vida sobre el campo!

¡Y no entregar el pabellón glorioso
ni abandonar el barco como ratas
ni como un animal abrir las patas
para que el enemigo pase victorioso!

Que peor que la muerte es la memoria
de sin luchar tenerse por vencido
y cacarear y regresar al nido
como aquella otra vez de nuestra historia.

¡Toquen degüello a aquella cobardía,
bajo la sombra de Ángel Amadeo!
Que aquel a quien se dio en llamar “El Feo”
¡jamás vistió plumaje de gallina!

jueves, 8 de mayo de 2008

LA BURLA DE LA HISTORIA



-El hombre es el sujeto, y la historia es la sustancia –dijo Hegel.

-¿Qué? –dijo su mujer.

-Que existe la posibilidad de un sujeto, que se va construyendo a medida que él también existe.

-Ayudame con esto–. La mujer de Hegel se había trepado a una silla y sacaba uno a uno los frascos de conservas para quitarles el polvo. –No sé para qué me pasé cocinando todo el verano, si ya se está por podrir porque nadie lo come.

-¿A vos no te parece? –participó Hegel.

-Que me parece qué.

-Que la razón histórica es también la razón humana, y en inmanencia conforman al hombre en tanto sujeto posible.

-No sé, Gregorio.

-Parece contradictorio, porque la razón histórica excede al hombre, pero es también el hombre. Lo que se olvidan es que las lógicas no formales desestiman que un juicio puede ser verdadero y falso a la vez.

-A ver, teneme que son las grosellas que trajo tu tía de Karlsruhe.

Gregorio Guillermo Federico, sin embargo, sostuvo y no sostuvo el globo de vidrio de cinco kilos de dulce del Rhin, que a la vez despedía aromas de niñez y de edad adulta, de Alemania y de Francia, de hombre y de mono.

-¡Hegel! –gritó la mujer- ¡No te traje para que seas un obstáculo, te traje para que me ayudes!

-¡Pero, cariño, si todo problema es potencia del bienestar!

-Traé una escoba, querés.

-¿Ves? Si no se hubiesen derramado las grosellas, yo no estaría barriendo. La solución de las contradicciones es el motor de la historia. Cuando termine, todo te va a parecer un fin en sí mismo, habrá que buscar alguna otra cosita para progresar.

-No, Gregorio, no: si volvés a ensuciar...

-Tranquila, mujer –aplacó Hegel, pensando que algo lo movía, algo con valor teológico, algo que buscaba su camino para realizarse, fuera de lo cual latía la nada misma. –Pero no sé cómo ayudarte...

-Dejá, vos nada más sosteneme la silla, yo bajo los frascos, los repaso y después los acomodo.

-Estaba pensando que este solucionar tiene necesariamente que partir de una contradicción. Sin contradicción no hay solución, y sin solución no hay devenir. El fluir es necesariamente traumático –sostuvo entonces Gregorio, apartando la silla no bien su mujer hubo hecho el gesto de apoyar el primero de sus zapatos de madera de Welsickendorf. La señora rodó por la cocina berlinesa. -¿Has visto? Ahora con toda seguridad tendrás que ponerte de pie.

-Se terminó, Hegel. Comerás de los frascos sucios, yo no pienso pasar un solo trapo más. Y estas grosellas mal barridas quedarán en el piso, estoy cansada de trabajar con el lampazo.

-Tenés razón y no tenés razón. Eso es lo que me gusta de vos, cómo te movés.

-Hablando de eso, Gregorio –dijo la mujer sacudiéndose con una servilleta el dulce pegado en la falda aldeana –me vuelvo a Friedrischluga. Para mí fue muy difícil; yo... yo te quise y te amé no sabés cómo, en un momento dado daba lo que me pidas por vos. Pero veo que no me respetaste ni a mí, ni a mis cosas, ni a mis tiempos...

-Te equivocás, el tiempo es una de las cosas a la que más respeto ¡si ni siquiera me animo a su intelección directa plena!; más allá de que la sola idea ya me parece sospecha de existencia... no sé, tiene que ver conmigo, no con vos. Además, justo hoy que vienen Schiller y Hölderlin...

-Ahí está, lo único que te importa. Tus amigos. Yo si me caigo de una silla qué.

-Qué de qué.

-Basta, Hegel, me voy... ahí en la despensita les dejo unos bollos. No se rían muy fuerte, que los perros no van a dejar dormir a nadie y quiero irme con dignidad.

En eso, sonó la campanilla. En tanto Hölderlin llevaba de una mano a otra las cartas de un mazo bárbaro, Schiller preguntaba qué había pasado, que su mujer rodaba por la Hitlerstrasse pegoteada y llorando.

-Nada, muchachos –respondió Hegel con una sonrisa sádica y totalitaria –tiene que ver con lo que les hablaba en el poker de la semana pasada.

-¿La astucia de la razón para cumplir su plan?

-Nuestro plan –aseguró el hombre –sacá los frankfurter y llamemos a las chicas.

jueves, 1 de mayo de 2008

RESULTADOS DE LA ENCUESTA DE ABRIL DE 2008

La encuesta de abril arrojó los siguientes resultados:

Consigna:
¿Usted mataría, o habría dado muerte a alguien, si no estuviera penado por la ley?

Sí, y por mi cuenta: 40%
Sí, pero contrataría un asesino: 0%
No: 60%

Lo que revela que la represión de los impulsos procurada por la sociedad civil y cristiana durante más de veinte siglos, el miedo a las consecuencias de los métodos de control social y la inoculación de una ética de la vida en sentido amplio han persuadido a más de la mitad de la población.

Si la mitad del 40% irrefrenable se animara a desoír la ley, 8 de cada 10 personas se encontrarían en situación objetiva de peligro; descontando que la otra mitad por razones de estricto seguimiento de su ética personal se negaría a cuidar al 60% “sano” de las acciones de quienes comulgan sus mismos valores, habría que destinar al menos dos de cada seis “limpios” a fin de asegurar el buen orden de las cosas.

Ello importaría una rivalidad más o menos pareja entre un 40% respetuoso de la dignidad humana intrínseca y otro tanto que por sus medios cometería homicidio, llegado el caso.

En este esquema, la pérdida de “sanos” sustraídos del destino de construcción de un orden virtuoso y relegados a funciones de vigilancia y control es del 33%. Pero, habida cuenta de que el error es constitutivo del ser humano, debería asignarse al menos un tercio de las acciones de los guardianes a intentos fallidos, cuya incidencia global podría traducirse en “una persona menos” para vigilar; o lo que es lo mismo, la necesidad de que otro “bueno” asuma actitudes represivas.
A su vez los “sanos” compelidos a reprimir, imbuidos de los métodos de los díscolos a fin de estimular más eficientemente su desaparición o sofocamiento, ya conformarían necesariamente una “masa objetivamente mala” -¿de qué sirve una policía excesivamente aséptica?, gritan los buenos protegidos-.

A ello debe sumarse el miedo de los tres restantes de ser atacados, circunstancia que coadyuva a la realización de prácticas también objetivamente represivas –tales como disparar al ladrón, frustrar violentamente el delito o golpear al delincuente frustrado-, cuando no de manifestaciones de violencia pasiva –los llamados ofendicula: vidrios sobre las tapias, rejas electrificadas, etc.-. Si la imprevisión es la excepción, el espíritu precautorio absorbería a por lo menos dos de cada uno de los tres que quedan del lado deseable.

Queda un ingenuo cada diez personas. Uno al que roban, esquilman, violentan y ordenan. Uno que no mataría ni tomaría previsiones de matar, ni apoyaría éticamente la muerte de quien muere, ni propondría la idea de matar, ni asignaría remesas de dinero a la instalación de máquinas de matar o herir en su casa, ni avisaría a ningún matador la presencia de alguien susceptible de ser muerto, de acuerdo con el criterio de los otros nueve. Uno que, por el contrario, viviría y dejaría vivir, como dice la canción, de frente al sol que vio Platón fuera de la caverna y de espaldas a las cadenas de sus propios compañeros, que se burlaron de su nueva cosmovisión.

A él va este blog.

sábado, 19 de abril de 2008

EL AMOR DESPUÉS DEL AMOR (Nota II - Final)



Ya en el rictus de placidez en la medianía que ostenta la escritora se viene cifrando lo que uno de nuestros poetas populares aportó cierta vez, en una cuarteta de inevitable olvido:

Un hombre común
tiene todo lo que tiene que tener
ganas de vivir la vida
y que se dejen de joder.

(Piero, Un hombre común –1984-)

En efecto, de sólo ver los hoyuelos masivamente deseados, la mirada lateral, el estándar de peluquería sencilla, el pardo de los ojos y otras alternancias de su fisonomía, quedan echados a luz de entendimiento los límites edificados por el "multimedios", a su vez pedidos a gritos –por traer aquí también un lugar común- por los destinatarios de su inverosímil sueño de amor.

A esta mujer común, preludio de la conservación del hombre común, le ordenan predicar, así conformada, su intención de ser amiga, madre, compañera, cocinera, amante, fregadora, a cambio de reconocimiento genital, de quien le acomode el saquito tejido a la hora en que sólo las mujeres enamoradas sienten frío. Una pretensión común, como los compradores de Clarín, perdidos en la vorágine gratamente tolerada del transporte público y del tránsito vial, cuyo nombre es estancamiento y fugacidad. Su mirada común se dirige al guiño común, a hombres comunes que despiden olorcito, a porciones de pizza compartidas, a trabajo hebdomadario más o menos remunerado. Practica el reojo fingido al muchacho como yo que la salve de sus cuatro noviazgos fracasados, pero “hacerle lerolero a la mirada ajena”, dice, le “encanta”, contradicción que tiende a alimentar la seducción de índole claramente copulativa que subyuga al hombre de oficina.

Común es su sintaxis, común es su pretensión, comunes son sus listas de “candidatos”; difundido está nacer en San Cristóbal y mudarse a Barracas, tener una gata, llamarla freudianamente Violeta y dormir freudianamente con ella. Común es, por estos días, haber tenido cuatro parejas y aun esperar el estado de enamoramiento.

Común es también el robo piadoso, y así, como ya se ha advertido -más de una vez-, el blog escogido por el monstruo “mediático” para victimizar a los devaluados amantes es plagio de otro de reales quilates –http://www.ciegaacitas.com/-, cuya fluida prosa de ribetes literarios dista largamente de las menudencias de asalariada explicitadas por la autora, aprobadas por su jefe de redacción y por los cientos de comentarios de compradores aficionados a frases del tipo “no me cierra” o “la gente anda por la vida queriendo aparentar y se olvida de la esencia que es ser uno mismo con sus miedos y sus cosas buenas!!!” En el mismo sentido entonaba Tita Merello: “yo le pongo lo ojo pa'rriba, y ende mientra le afano un repollo”, ni más ni menos que lo que se entrevé en “Quiero un novio”.

¡Oh, el amor del hombre común! Amor vernáculo, amor doméstico, amor para todos, disolución del Amor en múltiples amores desempeñados por habitantes y transeúntes como mejor y más buenamente les da su criterio de propia voluntad consumido, fogoneados por sus dictámenes de gónada, apurados por los innumerables tiempos que desgastan la humanidad de Buenos Aires; amor desperdigado entre los restos de una indescriptible y fenecida ilusión de trascendencia, asignado mal que mal a cada pacífico adquirente de periódicos y “telespectador”, como un don de fácil acceso a lo místico. Amor de hoyuelos, amor de chica que encoge los hombros, estandarización del Amor, desaparición del Amor. Es decir, el amor después del Amor; esto es: otra cosa.

Desearía ser Larra para cantar las aristas de este despropósito de modo mucho mejor. Pero Larra se suicidó hace ciento setenta años, imposibilitado de cambiar las cosas a sus veintiocho años, mientras España decaía y dejaba sola a Latinoamérica, cuyo porvenir de entonces, nuestro presente, cobraba en el mismo fatal instante del disparo muchas otras y más prescindibles vidas.

viernes, 11 de abril de 2008

EL AMOR DESPUÉS DEL AMOR (Nota I)

Clarín, como un alquimista fenicio, caldea la cultura disponible hasta dar con la esencia de la clase media, deconstruyéndola perversamente con el fin de modelar luego los accidentes y de generar un homo media que le retorne el ingreso y le vomite la poca plusvalía de que es capaz. Victimizando su insaciable búsqueda de oropeles, el periódico porteño, como una demudada Matrix latinoamericana, procura a sus comprantes sueños de percepción contemplativa y brinda, además, las palabras y la sintaxis idóneas para su parloteo en los supermercados, en los taxis, en las oficinas, a la salida de los niños de las escuelas primarias y en los maxikioscos. Así, cada pequeño dictador –multiplicado por miles- cree alcanzar de una sola pasada de ojos la intuición intelectual de las intangibilidades superpuestas al mundo de las cosas, a las que también se aferran, generando una imperfecta aunque legitimada cosmovisión que parece incluir, en ese tinglado de maderas deficientes, las dos caras de la realidad: la sensible y la metafísica.

Espanta ya ver por Buenos Aires cómo se apaña este estamento para materializar las dos o tres abstracciones que, fogoneadas por su órgano de difusión, conforman su ideario de latón: la familia en automóvil, la propiedad exteriorizada en el departamento, el porvenir y la modestia resumidos en la locución futuro para mis hijos y otros tópicos de único interés canalizan el egoísmo y la exclusión de quienes no los comulgan. Largas son las congestiones de tránsito provocadas por la familia motorizada, muchas las desavenencias de los malnacidos Consorcios de Copropietarios, asombroso es el desamor que la defensa del futuro de los propios hijos produce en los demás y en sus hijos, que igualmente se devanean por inercia del fenómeno del tiempo hacia el inevitable “después”, lo quiera o no el asalariado obsecuente o neutral o el pequeño titular del derecho de dominio.

Esta parodia de vida virtuosa –resumida al ejercicio más o menos regular de cierto estándar convencional de legalidad, que de propia voluntad no llega al cabal cumplimiento de la ley-, sin embargo, tampoco parece resultar suficiente, pues no olvida la clase media que el hombre –común- en exceso de cuerpo es en la misma sustancia alma. En este sentido, viene incontestable que, una vez saciado aquél, ésta grita demandas insustanciales claramente susceptibles de estándar, como todo lo demás.

En esta búsqueda supermercadista de lo trascendente, no ha mucho tiempo viene perpetrándose el blog “Quiero un novio”, en el que una mujer que en épocas de mayor auge debiera ya haberse casado, publica su deseo de ser desposada, a pesar de, como ella misma reconoce, haber transitado y fenecido al menos cuatro noviazgos serios.

En realidad qué importa, pero son tantos los elementos que surgen de la elaboración de esta empleada “multimedia” que quien alguna vez ha creído en el amor no puede sino reaccionar frente a sus decaídas protestas de principios, viendo irremediablemente marchitos los sueños de trascendencia nacidos de la propia condición humana y comulgados desde la infancia. Véanse, si no, los requisitos que a ojos de la núbil posee el “candidato perfecto” (“candidato”, además):


Trece características que tiene mi futuro novio...

1. El que tiene pelo suficiente como para agarrar con las dos manos.
2. El que juega al futbol y vuelve embarrado de la cancha con olorcito.
3. El que no me aburre y me mata de risa con taradeces.
4. El que me toca el hombro y cuando me doy vuelta se esconde.
5. El que camina del lado de la vereda para que no me caiga.
6. El que me corta la pizza y me sirve mi porción en el plato.
7. El que me dice "quedate tranquila, todo pasa" y me abraza.
8. El que es tímido en el fondo y se derrite cuando le digo cosas lindas.
9. El que se conforman con un churrasco con tomate de apuro.
10. El que dice "okey, bonita, hoy cocino yo, ponéte las pantuflas".
11. El que me lleva las bolsas del súper que son más pesadas.
12. El que no se cree lindo aunque sea hermoso.
13. El que me da besos en el cuello. Fundamentalmente.



Que cada quien viene libre para adquirir su propia imago mundi es una verdad indiscutible, pero a no engañarse: una cosa es un pensador de oficina, de consorcio, de reunión de padres, y otra muy distinta es un solipsista. Hemos nacido hombres, únicos seres capaces de amar. Ésa y no otra es la esencia que debiera movernos, antes que buscar alguien que diga taradeces o que vuelva embarrado y con olorcito, al modo del chimpancé o de la cópula del hipopótamo en las márgenes del Bramaputra.

Quiero ser una chica normal que busca novio normal (...) Quiero que, al final, me dejen estar enamorada de quien se me canta”. Amiga, muy otro es mi canto; por lo demás, como lo predican las innumerables aprobaciones que recibe cada una de tus opiniones, verás que las pobrezas que componen tu desiderata son de tan fácil y lamentable consecución y ejercicio como cortar una pizza y servirla en el plato.

jueves, 3 de abril de 2008

CABALLO DE MAR


Organizamos un fin de semana en Entre Ríos, una casa de alquiler junto a un arroyito subtropical que llevaba un nombre entre charrúa y federal, en cuyos pantanos se engastaban unas cabañas tan mágicas. En la seguridad de que rechazaría la invitación, participamos a María Pena Solano, la que servía el café y trapeaba el office, la que tenía un hijo Dylan y una niña-mujer por la que daba cualquier cosa.


Nos dijo primero que no, luego que lo pensaría y finalmente que sí, a instancias de Marisa, a quien María Pena guardaba devoción por haberle prometido el empleo diez años atrás, cuando bajó del Rápido Argentino con la esperanza y el hocico de pan de un perro. Veinte minutos antes de la partida, Marisa arribó a la estación sonriendo y avisó que su protegida no vendría, un cliché, un compromiso de último momento, que no la llamáramos, subamos.


En la cabaña se formó una parejita, una de las chicas se lastimó un pie, se acabó el gas doce horas antes, evidenciamos nuestras virtudes, descubrimos que un yogur del ramos generales estaba vencido, los celulares no tenían señal y los dos atardeceres fueron maravillosos, la verdad que maravillosos.


El lunes, María Pena llegó con la mirada viscosa, qué te pasa en los ojos, qué te pasó, por qué no viniste. Nada, nada. Pero mirá cómo tenés los ojos, secate un poco, nada. Déjenla, despejó Marisa, ella está bien, vení, vamos al office y me contás; María Pena dio medio giro y marchó dando saltos de saciedad hacia el reducto de las escobas y las colaciones, algunos chillidos, contame todo.


Entonces le recordó sin tapujos lo de Ariel, el del maizal saliendo de Ayacucho a los trece años, la vez que volvió a las casas enamorada y con las piernas brotadas de ronchas, la marca de las uñas terrosas en las nalgas y el cabello trenzado por los estirones, los abrojos y la baba seca. La vez de los jejenes de las cinco y veinte y las nubes moradas, cuando Ariel de la Gomería le tendió su camisa para limpiar los hilos que enmarañaban los muslos hasta los hormigueros pisoteados, ni Dylan ni Jazmine la niña-mujer, Ariel el gomero al que vio entre el escozor del dolor dulce quitar la punta a una mazorca hecha pupa joven mientras despuntaba otro sol por la abertura rígida de sus párpados viscosos y machacados de pintura gruesa, igual que en ese momento en que Marisa la abrazaba, viste que se podía, nadie tenía por qué preguntar nada, viste que tenés que confiar en mí, unidas en un vástago mecido por su propia secreta y banal sustancia, otra vez el contubernio de maíces dorándose con la alborada del final, las lágrimas duras sumergiendo el mundo en una realidad interior fuera de la cual no importaba ninguna otra cosa, ni Raúl que se había quedado con los chicos mientras ella iba con sus compañeros de oficina, qué raro vos, una maraña de jugos últimos escarchados por el tiempo, Ariel gomero, Ariel hombre, otra vez la esfera tensa del hombro dormido con un hipocampo de cárcel idéntico al de María Pena Solano, treinta y ocho años, domicilio en Capital, tareas generales de oficina, dos hijos, solicita licencia próximo viernes veinticuatro motivos personales.